Transcurría el segundo curso del extinto BUP, y ese chico había pasado casi inadvertido. No era un estudiante que despuntaba, de hecho, el primer curso lo había superado sin pena ni gloria; tenía unos gustos musicales raros, trataba de ser simpático y sociable, y solía ir siempre de chándal. Practicaba algún deporte, pero no destacaba en ello.
El primer trimestre fue algo durillo para todo el mundo, los profesores eran los mas duros en cada asignatura, y tal vez se dejó llevar por la mediocridad de la clase, o por distracciones. Nadie sabe el porqué ni el cómo, pero se encontró con dos asignaturas suspensas: latín y otra más. Aunque no se atrevía a admitirlo, para un tipo como él aquello un estrepitoso fracaso.
El segundo trimestre fue bastante peor, a pesar de tener cierto margen de maniobra, se encontró con 6 asignaturas suspensas. Aparte de las dos dichas, tres más se unían a la lista y la sexta se camuflaba como un Suficiente RC. Aún recuerdo su cara; y aquellas palabras “¿Cómo se lo diré a mis padres?” que sonaban tan bajas que parecía decirselas al cuello de su camisa. Se le veía abatido y derrotado, y parecía haber tocado fondo.
En el tercer y último trimestre algo sucedió. Tal vez la presión de sus padres, tal vez un golpe de suerte, tal vez el orgullo, o tal vez sucedió lo que tenía que suceder. Aquel trimestre fue mágico. Cambió de manera radical: por fuera, seguía siendo el mismo chaval de siempre, pero se intuía que venía preparado para los deberes, los trabajos, los exámenes y las recuperaciones… no fallaba casi nunca.
En aquellas semanas, en la retina de muchos quedaba lo sucedido en una clase de inglés: la profesora repartía los exámenes corregidos, entregándolos uno por uno y ese chico, con extrema timidez tomaba el examen entre sus manos, y sonreía con gran alegría, sin malicia. Había sacado un 8,7, como más tarde averiguamos. La profesora, lo único que le dijo fue: “Pasado mañana, te presentas al global”. Él dijo “Vale”, sin percatarse que la profesora lo enviaba al global porque dudaba de la legalidad de su nota. Se presentó dos días, después y sacó un 7,6.
Estaba en racha. Aquello no paraba de repetirse. Iba de examen final en examen final, de recuperación a examen global y no fallaba, incluso en latín llegaba a casi el aprobado. Algunos profesores incluso se dirigían a él en medio de las clases o los exámenes, preguntándole qué había hecho el resto del año; “No se”, contestaba con sinceridad y con un poco de vergüenza.
Recuerdo el último día de junio, yendo a ver las notas finales; lo recuerdo dando saltos y tirando la carpeta al aire, una explosión de alegría que nunca he visto repetir. Había hecho pleno y no le quedaba nada para las recuperaciones, de hecho, no bajaba de 6 en ninguna asignatura. Lo recuerdo salir corriendo del instituto, celebrando con grandes saltos aquella victoria.
Siempre que busco inspiración, o trato de sacar algo más de mi, pienso en ese chaval, y me lo pongo como ejemplo. Siempre que busco sacar lo mejor de mi, pienso en ese chaval. ¿Qué habrá sido de él? ¿Volveré a verlo de nuevo?
