Raúl era ingeniero mecánico en una conocida empresa de automoción. Su trabajo consistía en la nada despreciable responsabilidad de asegurar que las ruedas girasen a la velocidad adecuada al momento de conducción. Los continuos ascensos y la experiencia ganada con los años habían mermado sus capacidades sociales, pero no le importaba demasiado.
Antes de entrar a trabajar por la mañana, su rutina diaria consistía en bajarse del metro en la misma parada, subir las escaleras, coger un café en un Starbucks, y comprar el periódico en un pequeño quiosco en una plaza.
Uno de tantos días, mientras leía los titulares de las revistas que estaban en el mostrador, cuando recibió el cambio se dio cuenta que en lugar de una mano arrugada y decrépita era una mano pequeña y suave la que dejaba caer las monedas en la suya. Al levantar la vista se vio sorprendido por una maravillosa sonrisa, a juego con unos ojos grandes y expresivos. La sorpresa hizo que se derramara parte del café sobre un Playboy.
- Disculpe señorita… vaya torpeza la mía… haga el favor de cobrarme la revista… pero… no me la puedo llevar… verá, tiene artículos muy interesantes, pero las fotos… no son muy adecuadas… no es que opine que estas revistas deberían estar vetadas, pero…qué dirían de mi en la oficina si me viesen con ella…
A pesar de la insistencia de la quiosquera a que no pasaba nada, al final decidió cobrarle la revista, ya que se hacía cargo de lo incomodo de la situación, y parecía querer aliviarlo de alguna manera.
- Que tenga un buen día, caballero. Se despidió la joven.
Aquel día algo despertó en el interior de Raúl, que no podía dejar de pensar en ella. Al día siguiente, intentó entablar una conversación con ella, justo en el momento que pagaba por el periódico:
- Pues menudo tiempo que hace, ¿no?… pues para que digan que aquí, en Madrid, nunca llueve… si es que es para fiarse de lo que dicen los metereólogos, ¿no?… no es que no confíe en ellos, que a buen seguro son muy profesionales…
- Su cambio, y que tenga un buen día, caballero. Se despedía la joven de sonrisa luminosa.
No había sido muy buen comienzo, pero al día siguiente volvió a intentarlo:
- Hola, no le voy a hablar del 4-0 del Madrid ayer… a mi no me gusta el fútbol así que no voy a hablar de eso… prefiero una cerveza en un lugar con menos ruido… no es que sea un borracho ni nada de eso… pero tampoco soy de esos que se queda con su madre por las tardes… no quería decir eso… es decir, quiero a mi madre, pero prefiero…
- Gracias, que tenga un buen día caballero.
Tampoco se aproximaba a un éxito, así que, como buen ingeniero, analizó la situación y llego a la conclusión de que debía encontrar la forma de presentarse y darse a conocer, por lo que, al día siguiente:
- Buenos días… ¿sabe qué día es hoy?… hoy es San Amaro, que es el nombre de mi hermano… el mío es Raúl… así que ya sabe, si tiene algún amigo que se llame Amaro no se olvide de felicitarlo…
- Su cambio, que tenga un buen día caballero. Decía con su enorme sonrisa.
No tenía ninguna intención de rendirse, así que al día siguiente, se llevo una revista que publicaban en la empresa y en la que salía entrevistado con una hermosa foto simulando que trabajaba sobre una mesa repleta de planos.
- Hola… no quiero que piense que soy un loco, o algo así… verá, trabajo en la fábrica de aquí al lado, como ingeniero… verá, este soy yo (mostrándole la revista)… aquí se la dejo, por si quiere echarle un vistazo…
- Muchas gracias, y que tenga un buen día, caballero. Le decía devolviéndole el cambio como cada día.
“Mierda” pensó para si Raúl, “Acabo de regalarle una revista a una quiosquera, pues si que es un acierto”. Lo intentaba cada día, pero no avanzaba. Como buen ingeniero, rompió su rutina para idear un plan que le permitiese acceder a aquella mujer. Una vez elaborado, decidió llevarlo a cabo el domingo siguiente, fingiendo comprar el dominical, lo que le permitiría una excusa para hablar más rato.
…Continuará, en una semana…