El volumen de la música descendió súbitamente y una voz sonó fuerte y lejana. Mi mente zumbaba al sonido de la música, y no procesó ninguna de las palabras que se perdían en el eco del aula.
Ríos de sudor corrían por todo mi cuerpo, y el tiempo parecía se ralentizaba. Expulsaba el aire por la nariz y algunas gotas volaban para estrellarse en el sucio tatami. Cerraba los puños con fuerza, y trataba de poner en tensión todo mi cuerpo. No pensaba en nada. Trataba de moverme manteniendo la postura, midiendo las distancias. En ese punto de concentración máxima no me acordaba de nada de lo que me había sucedido durante las horas anteriores. Me sentía solo, feliz, concentrado y motivado.
Mi rival era mas o menos de mi envergadura, y técnicamente muy superior. Los dos sabíamos que nos podríamos hacer daño, pero creo que desde fuera debía dar la impresión de que nos daba igual. Por un instante rememoré la primera vez que nos enfrentamos; hacía casi dos años y no había tenido color: había abusado de mi, en el sentido más literal de la palabra, y me había marchado a casa con dolor por todo el cuerpo, y la moral por los suelos. Pero dos días después, volvía a entrenar y era yo el que lo buscaba a él.
Después de saludarnos con un toque de guante, empezó la pelea. Intensa. Rápida. Intercambios cortos. Cuando me alcanzaba, el odio que sentía tardaba en desaparecer lo mismo que el dolor. Por dos veces nos enganchamos y tratamos de golpearnos con las rodillas, tratando de dominar la situación, zarandeándonos sin ritmo, separándonos de repente, golpeándonos de nuevo, sin importar nada. No sabría decir cuanto tiempo fue, pero la música descendió de nuevo, y esta vez si que procesé las palabras que cruzaban el aula. “Rápido, un puesto a la derecha, vamos, vamos!”. El zumbido ceso, y sabíamos que aquello había concluido.
Después, un breve abrazo, con unos golpecitos en la espalda, mezcla de los restos de la adrenalina que había corrido por nuestras venas, y de respeto por el oponente. Yo lo felicité con toda sinceridad, nunca llegaré a su altura, pero me daba (y me da) igual.
Hacia dentro sonreía, porque estaba orgulloso de cómo había mejorado. De puertas afuera sudaba como una bestia, y veía como un nuevo oponente se ponía enfrente. El cansancio hacía mella en mi, incluso sentía que me mareaba. Bajé la cabeza, cerré los ojos y espere respirando pausadamente que mi mente zumbara y se activara; y entonces, el volumen de la música descendió…
