Paseando por Montevideo…

Ese chaval

Noviembre 30, 2009 · 1 comentario

Transcurría el segundo curso del extinto BUP, y ese chico había pasado casi inadvertido. No era un estudiante que despuntaba, de hecho, el primer curso lo había superado sin pena ni gloria; tenía unos gustos musicales raros, trataba de ser simpático y sociable, y solía ir siempre de chándal. Practicaba algún deporte, pero no destacaba en ello.

El primer trimestre fue algo durillo para todo el mundo, los profesores eran los mas duros en cada asignatura, y tal vez se dejó llevar por la mediocridad de la clase, o por distracciones. Nadie sabe el porqué ni el cómo, pero se encontró con dos asignaturas suspensas: latín y otra más. Aunque no se atrevía a admitirlo, para un tipo como él aquello un estrepitoso fracaso.

El segundo trimestre fue bastante peor, a pesar de tener cierto margen de maniobra, se encontró con 6 asignaturas suspensas. Aparte de las dos dichas, tres más se unían a la lista y la sexta se camuflaba como un Suficiente RC. Aún recuerdo su cara; y aquellas palabras “¿Cómo se lo diré a mis padres?” que sonaban tan bajas que parecía decirselas al cuello de su camisa. Se le veía abatido y derrotado, y parecía haber tocado fondo.

En el tercer y último trimestre algo sucedió. Tal vez la presión de sus padres, tal vez un golpe de suerte, tal vez el orgullo, o tal vez sucedió lo que tenía que suceder. Aquel trimestre fue mágico. Cambió de manera radical: por fuera, seguía siendo el mismo chaval de siempre,  pero se intuía que venía preparado para los deberes, los trabajos, los exámenes y las recuperaciones… no fallaba casi nunca.

En aquellas semanas, en la retina de muchos quedaba lo sucedido en una clase de inglés: la profesora repartía los exámenes corregidos, entregándolos uno por uno y ese chico, con extrema timidez tomaba el examen entre sus manos, y sonreía con gran alegría, sin malicia. Había sacado un 8,7, como más tarde averiguamos. La profesora, lo único que le dijo fue: “Pasado mañana, te presentas al global”. Él dijo “Vale”, sin percatarse que la profesora lo enviaba al global porque dudaba de la legalidad de su nota. Se presentó dos días, después y sacó un 7,6.

Estaba en racha. Aquello no paraba de repetirse. Iba de examen final en examen final, de recuperación a examen global y no fallaba,  incluso en latín llegaba a casi el aprobado. Algunos profesores incluso se dirigían a él en medio de las clases o los exámenes, preguntándole qué había hecho el resto del año; “No se”, contestaba con sinceridad y con un poco de vergüenza.

Recuerdo el último día de junio, yendo a ver las notas finales; lo recuerdo dando saltos y tirando la carpeta al aire, una explosión de alegría que nunca he visto repetir. Había hecho pleno y no le quedaba nada para las recuperaciones, de hecho, no bajaba de 6 en ninguna asignatura. Lo recuerdo salir corriendo del instituto, celebrando con grandes saltos aquella victoria.

Siempre que busco inspiración, o trato de sacar algo más de mi, pienso en ese chaval, y me lo pongo como ejemplo. Siempre que busco sacar lo mejor de mi, pienso en ese chaval. ¿Qué habrá sido de él? ¿Volveré a verlo de nuevo?


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Trocitos de alma (I de III)

Noviembre 9, 2009 · Dejar un comentario

Las olas mecían el barco de una manera más violenta de lo habitual, ya que el viento del Norte había hecho acto de presencia, justo 3 días después de su llegada a puerto. A excepción de ese barco, los restantes 300 metros del muelle estaban vacíos. Aquello era un desierto de cemento, salpicado por dunas metálicas formadas por grandes contenedores.
Owomo miraba al infinito, con los codos apoyados en la barandilla de la cubierta. Pensaba. Viajaba en el tiempo y en espacio. Sentía nostalgia y tristeza. Echaba de menos a su mujer y a sus dos hijos, hacía cuatro meses que no los veía y dos semanas que no tenía noticias de ellos. Sonreía a ratos visalizandolos bajo el sol africano. Después, se puso a pensar en cómo había cambiado la mina en la que se dejaba la piel por el barco, y en lo mucho que le costó habituarse… aquello no le gustaba, pero volver a trabajar a su patria le resultaba impensable.
En cuanto habían amarrado el barco, el capitán se había marchado a ver a su familia; era gallego y su casa estaba relativamente cerca. Se despidió de ellos un viernes por la tarde, cerrando en puente de mando a cal y canto y sin dejar una manera de contactar con él ni nada parecido. Esa misma noche, Owomo y compañía decubrieron que había un segundo candado en la despensa y en la bodega, y que pasarían el fin de semana a base de arroz y leche. De noche, al intentar conectar los televisores, se dieron cuenta que no funcionaba ninguno. Había sido un fin de semana infernal.

La llegada de un coche puso en alerta a todo el barco. Cuando vieron que se bajaba del coche rojo un desconocido, la tensión desapareció. Owomo lo observó desde el barco: un blanquito bastante grande, vestio informalmente, gafas de sol y hablando por el teléfono. Se acerco al borde del muelle y preguntó por el capitán. Eboue, el compañero de Owomo, le hizo entender que no estaba y el blanquito entró en el barco, recorrió la cubierta, las bodegas, y volvió al muelle. Mientras paseaba se puso a hablar por el móvil. Minutos después estalló una pelea a bordo entre Eboue y Chin. Owomo los observó y ni se molesto en separarlos. Enseguida uno de ellos desistió y el silencio volvió al barco.

Casi una hora después llegaron dos vehículos más. Un todoterreno grande y otro coche negro. Owomo conocía el coche negro, era el de Coti, el consigantario. Del todoterreno se apeó un tipo bajito, con dos niños pequeños. Se acercó a ellos el blanquito y comenzaron una conversación en la que la seriedad del blanquito contrastaba con el cachondeo de los otros dos. Seguidamente subieron al barco, abrieron el puente y se metieron los cinco dentro. Owomo escuchaba al blanquito hablar fuerte con uno de ellos, apenas entendía lo que decían, pero la entonación dejaba claro que estaban discutiendo.

Tras un momento de calma, Coti se asomo a la cubierta y gritó: “Eboue, the salary!“. La tripulación se puso muy nerviosa y uno a uno fueron desfilando individualmente por el puente de mando, para recibir el dinero del mes. Llego el turno de Owomo, que entró en el puente con la cabeza gacha y la visera en la mano. Observó a los niños en una esquina, sentados y bebiendo una lata de cola, al blanquito apoyado en en puente de mando, separado de los otros dos. Coti se hizo a un lado y “Ese” (sí, así se llamaba) le preguntó a Owomo de donde era. “From Ghana“ respondió. “Ese” sonrió y le dió dos billetes verdes; “Here your salary: 30000, in Euros, 198, I give you 200. You have to work harder“. Owomo sonrió, aquello era una fortuna y ya pensaba en enviarlo lo antes posible a su familia. “Ese” se dirigió a él dos veces mas, pero en castellano, y asintió con la cabeza sin entender bien lo que decía. Observo que el blanquito miraba mal a “Ese”, y daba la impresión de que se estaba conteniendo. Owomo esperó a que le ordenasen que se fuese y cuando levanto la cabeza para despedirse, Coti y “Ese” dialogaban ignorándolo, pero en blanquito lo miraba a los ojos de manera amistosa y lo despedía con un movimiento de cabeza. “Bye” pudo leer en sus labios.
Se reunío con sus compañeros y empezaron a discutir quién iba a la Farwest a mandar el dinero, cuanto se quedaban y que iban a hacer para celebrarlo. Owomo había decidio quedarse con la decima parte para sus gastos, invertir otro poco en tratar de hablar con su mujer, y enviar el resto a Africa.

De repente observó que el blanquito salía del barco con paso fime y apurado, entraba en su coche rojo, lo arrancaba y se marchaba apresuradamente. Minutos después, salían Coti y “Ese” charlando con tranquilidad. Se montaron en sus coches y desparecieron. Owomo tardó en darse cuenta que nadie le había dicho nada al jefe lo del candando, ni de los televisores. Esa noche volverían a cenar arroz, pero ¿y mañana?

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Un puesto a la derecha

Octubre 28, 2009 · Dejar un comentario

El volumen de la música descendió súbitamente y una voz sonó fuerte y lejana. Mi mente zumbaba al sonido de la música, y no procesó ninguna de las palabras que se perdían en el eco del aula.

Ríos de sudor corrían por todo mi cuerpo, y el tiempo parecía se ralentizaba. Expulsaba el aire por la nariz y algunas gotas volaban para estrellarse en el sucio tatami. Cerraba los puños con fuerza, y trataba de poner en tensión todo mi cuerpo. No pensaba en nada. Trataba de moverme manteniendo la postura, midiendo las distancias. En ese punto de concentración máxima no me acordaba de nada de lo que me había sucedido durante las horas anteriores. Me sentía solo, feliz, concentrado y motivado.

Mi rival era mas o menos de mi envergadura, y técnicamente muy superior. Los dos sabíamos que nos podríamos hacer daño, pero creo que desde fuera debía dar la impresión de que nos daba igual. Por un instante rememoré la primera vez que nos enfrentamos; hacía casi dos años y no había tenido color: había abusado de mi, en el sentido más literal de la palabra, y me había marchado a casa con dolor por todo el cuerpo, y la moral por los suelos. Pero dos días después, volvía a entrenar y era yo el que lo buscaba a él.

Después de saludarnos con un toque de guante, empezó la pelea. Intensa. Rápida. Intercambios cortos. Cuando me alcanzaba, el odio que sentía tardaba en desaparecer lo mismo que el dolor. Por dos veces nos enganchamos y tratamos de golpearnos con las rodillas, tratando de dominar la situación, zarandeándonos sin ritmo, separándonos de repente, golpeándonos de nuevo, sin importar nada. No sabría decir cuanto tiempo fue, pero la música descendió de nuevo, y esta vez si que procesé las palabras que cruzaban el aula. “Rápido, un puesto a la derecha, vamos, vamos!”. El zumbido ceso, y sabíamos que aquello había concluido.

Después, un breve abrazo, con unos golpecitos en la espalda, mezcla de los restos de la adrenalina que había corrido por nuestras venas, y de respeto por el oponente. Yo lo felicité con toda sinceridad, nunca llegaré a su altura, pero me daba (y me da) igual.

Hacia dentro sonreía, porque estaba orgulloso de cómo había mejorado. De puertas afuera sudaba como una bestia, y veía como un nuevo oponente se ponía enfrente. El cansancio hacía mella en mi, incluso sentía que me mareaba. Bajé la cabeza, cerré los ojos y espere respirando pausadamente que mi mente zumbara y se activara; y entonces, el volumen de la música descendió…

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¿Para qué malgastar un deseo?…

Agosto 18, 2009 · Dejar un comentario

…Me preguntaba mientras observaba el cielo estrellado, recostado en una silla de plástico de esas de los bares mientras oía muy de fondo el ruido de las olas, y el crepitar de las brasas que hasta hacía unos minutos nos había, bueno, había ayudado al cheff a preparar un buen churrasco.

Dicen que una lluvia de estrellas es un momento fenomenal para pedir deseos, supongo por tema estadístico, pero es noche eran las lágrimas de San Lorenzo y me parecía hasta ofensivo no echar un vistazo al firmamento.

Sin embargo, al mirar alrededor, veía a gente que adoraba con locura, a conocidos que van pasando punto de “algo más que conocidos”, colegas, y nuevas amistades. Solamente echaba en falta una morena de ojos verdes que se me aparece todas las noches antes de cerrar los ojos. Cosas de la distancia, supongo.

...una playa
...una puesta de sol
…una playa, y una puesta de sol…

Una noche de verano, playa, cenita, amigos, salud… ¿qué mas pedir? ¿para qué malgastar un deseo?

Aunque se que este post se perderá en el olvido, y que la gente con la que compartí esa velada no leerá esto, me voy a descolgar de mi rutina de cambiar los nombres a los personajes para agradecer a:

Victor y familia: Sin palabras, 10 sobre 10, hospitalidad, un gran cheff y anfitrión. Muy grande. Como me gusta decir, gente como vos no crece en los árboles.

Pablucho y Mir: Cuando paseis de 3 a 4 no creo que me cueste nada quereros mas de lo que lo hago. De todas maneras, yo me compraría una tele, je, je. Muchas felicidades a ambos por la futura paternidad. Pablucho, mucha suerte por el Norte.

Luis, Ana, Suso y Tera: sois los que menos conozco pero es un placer estar con vosotros, espero que haya otras ocasiones.

Un abrazo a tod@s, L.

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Promesas del “Ese” (Parte VI)

Agosto 4, 2009 · Dejar un comentario

Jueves 14:55. Llegaba de tarde al trabajo. No le ocurría desde hacía años. En cuanto lo habían ascendido a responsable de movimiento era el encargado de abrir la nave de mañana, además, se encargaba del movimiento y distribución de material. Ese día por la tarde empezaba la operación de montaje más grande que se había presentado desde que se había incorporado a la empresa.

“Tiro” (que así se llamaba), era un tipo maduro, responsable y un trabajador incansable. No alardeaba pero sabía que era una pieza fundamental dentro de la maquinaría, y por eso, el encargado de la nave tenía un gran “feeling” con él. Soñaba con seguir ascendiendo y llegar pasar de ser un peón a un alfil, o mejor, a una torre. Era un bello símil ya que la empresa se estaba preparando para construir grandes estructuras de movimiento de material pesado.

Días atrás, había sufrido un pequeño percance: bajándose de la grúa la rodilla se había girado de un modo poco habitual y un chasquido le había avisado que algo pasaba. En la enfermería le ofrecieron la baja laboral, pero él prefirió unos calmantes y una pomada, ya que no quería perderse el evento del Viernes, “el gran montaje”.

Así era “Tiro”, dos años en la empresa y solo una semana de vacaciones, entregado completamente a la causa.

Nada más bajarse del coche, el encargado se dirigió a él y le dijo:

-         “Aquel” está en mi despacho y quiere hablar contigo.

-         “¿De qué?

-         “Mejor que te lo cuente él”

“Aquel” era, digamos, la mano ejecutora de “Ese”. Sólo aparecía cuando había un problema muy gordo que resolver. por lo general, despidos y “bajas voluntarias”, principalmente.

Cuando “Tiro” entró en el despacho, “Aquel” lo esperaba de pie: camisa de manga corta, pantalón de pinzas, PDA en mano izquierda, lápiz en mano derecha, y las gafas en la nariz, como el entrañable Geppeto. Sin embargo, debajo de esa fachada se escondía un empresario implacable, frío, y resolutivo.

-         Buenos días, “Tiro”

-         Buenas

-         ¿Cortaste el pelo, no?

-         Sip, cambio de aspecto.

-         ¿Cómo va la vida?

-         Bien, aquí, dándolo todo.

-         Bueno, ya he hablado con el resto de tus compañeros y la situación es la siguiente: esta empresa debido a la gran carga económica  y la crisis se ve obligada a cerrar, por lo que va a entrar una empresa nueva que se va a encargar de todos los trabajos que hacemos. Por eso, para esta reconversión os damos dos opciones: coger la baja voluntaria, y el alta en la nueva empresa; o bien coger el finiquito y no volver a trabajar aquí…

-         …. <Sin palabras>

-         Mañana, antes del cambio de turno, necesito una respuesta ya que la semana que viene me voy de vacaciones y debo dejar arreglado el papeleo.

-         Pero…¿qué empresa viene aquí?

-         No lo sé

-         ¿Y que tipo de contrato nos haría? ¿Respetaría las vacaciones?

-         Tampoco lo sé

-         ¿Y mañana tengo que dar una respuesta?

-         Si señor

-         Pues no me parece muy lógico, mire usted.

-         Pues es lo que hay. Me marcho que tengo otra reunión.

“Aquel” desapareció por la puerta. “Tiro” se quedó en pie, en el despacho, con la mirada perdida. En ese instante, el encargado entra y ante la mirada pregunta:

-         “Tiro”, ¿te ha quedado claro?”

-         No

-         A mi tampoco

De repente, el dolor en la rodilla, que había permanecido oculto, se despertaba y daba la impresión que su propio cuerpo preguntaba:

-         “¿ Y qué vas a hacer ahora?”

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Promesas del “Ese” (Parte V)

Julio 16, 2009 · 1 comentario

Miércoles 8:05 AM. El regusto del café mañanero tenía un parecido familiar con el dolor de haber pagado 1,2 €. Siempre disfrutaba de un buen café, pero los cafés pre-entrada al trabajo no conseguían dejar buen sabor de boca, por mucho azucar que se le añadiese.

Antes de las 10:00 AM tenía que estar en al Unidad de Producción pero decidó pasar por la oficina para arreglar una serie de papeleo que, por mucho que se esforzaba en encajar entre sus funciones, no podía. Cuando uno es PPT de la empresa, se tiene que tragar ciertas cosas.

Decidió subir andando los tres pisos, no por la operación biquini, que la tenía claramente perdida, sino por tener unos segundos para recordar si esa noche tocaba plancha, lavadora o ambas. Cuando llegó al último descansillo, una voz disipó rápidamente la neblina doméstica en la que estaba sumergido.

-         Tú, ¿qué haces aquí?

Allí estaba: majestuoso, impoluto, 1,65 metros de Ingeniero en pantalón de traje y camisa perfectamente planchados, zapatos relucientes, y raya hacia la derecha con extra de gomina.. Automáticamente, esas dulces palabras activaron el poder neuronal de nuestro joven amigo.

-         Buenos días, “Ese”, creo que esa pregunta debería hacertela a ti, ¿no?, contestó con cierta sorna

La respuesta se basaba en los extensos conocimientos de las sagradas escrituras: lluvia de sangre, cuatro jinetes a todo galope comandando una nube de langostas, arrasando todo a su paso mientras suenan las trompetas de la apocalipsis, y “Ese” dando señales de vida antes de las 9:00 AM. Vamos, que algo raro pasaba.

-         ¿Qué haces aquí?, repitió en el mismo tono

Había alcanzado el último escalón y esa pequeña distancia era la que los separaba, aquello podía haber sido un cara a cara como en las pelis de acción, pero la diferencia de altura no lo permitía. De pronto, se abre el telón

Situación nº1.- CHOF. Olor a mierda. Nuestro joven protagonista se hace sus necesidades encima debido a la dureza de la mirada inquisora del jefe. Mientras tanto, tartamudea la respuesta tratando de no decir la frase “Por Dios, no me eche!!!”

Situación nº2.- RIS RAS. Nuestro joven protagonista apaga un cigarro sobre la camisa del jefe y le espeta “Malgastar mi tiempo, payaso”. Al mismo tiempo aparta al enano coñón de su camino y entra en la oficina colocándose el paquete. Saluda a la secretaria con unos buenos días, y empieza a entregar los papeles; mientras, sonrié y se dice a sí mismo, “si es que no los tengo cuadrados, los tengo cúbicos”.

Situación 3.- TIRIRIRIRI, GUA GUA GUA: “Este descansillo no es lo suficientemente grande para nuestros egos, forastero”,mientras pasa una ráfaga de viento “así que desenfudemos a la de tres”. Asienten ambos. Nuestro joven protagonista cuenta 1, y antes del 2 desenfunda y dispara 3 veces. “Lo siento jefe, es que tengo prisa

Situación 4.- IAAAAAA. Nuestro joven protagonista saca una katana y propina dos tajos a su oponente. Dulce melodía japonesa en el aire mientras un guiñapo sanguiñolento yace en las escaleras. “Buenos días, jefe…” dice mientras avanza tratando de no mancharse las zapatillas.

Situación 5.- Música de anuncio de refresco: “Veo una vida nueva, tu no estás en ella…”, a la vez, saca una lata y le da dos tragos…

Fin de la historia y vuelta a la realidad.

-         Te digo que qué haces aquí, repetía nuevamente sacándole de su mundo de fantasias.

-         Eh? Ah, si! Mis funciones, contestó con una sonrisa.

Sabía que aunque tratase de explicar lo que hacía allí iba a salir malparado, así que había decidido pasar de todo e ir a la sencillez.

-         Pasa a mi despacho que tenemos que hablar.

-         Soluciono este papeleo y quedo a tu disposición.

-         Ahora mismo

-         Ok, vamos pues…

Aquello en vez de una reunión fue un descalabro; 25 minutos hablando de la delicada situación financiera de la empresa, de la más que probable falta de fondos para pasar las nóminas del mes siguiente, de la crisis en la galaxia, y de otras quimeras. Las soluciones planteadas por “Ese” eran de lo mas variopintas: despidos, horas extras sin pagar, reconversión a otros mercados… A las 9:00 sonó su móvil y me hizo un gesto de que me fuese. Antes de cruzar la puerta, “Ese” sentenció:

-         El lunes tendremos una reunión y tomaremos las decisiones drásticas.

Nuestro joven protagonista cerró la puerta, suspiró, buscó en su interior algun recuerdo agradable y arregló el papeleo con las secretarias, todo con una gran sonrisa. Se despidió hasta otro día y enfiló camino a la U.P.

Bajando las escaleras, una gran preocupación le asaltaba: ¿Tocaba por la noche plancha, lavadora o ambas?…

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Álvaro

Julio 13, 2009 · 1 comentario

¿Sabes que al Álvaro se le murió la vieja y por eso hace que no aparece?”

Me costó unos segundos redistribuir mis pensamientos y mis funciones, era tarde, estaba cansado e iba de camino a casa…

“¿Cómo dices?” Contesté

Sip, la pobre se levantó por la mañana y dio un jamacuco, murió antes de que llegase la ambulancia, tenía 47 tacos…

“Jooooder” Mascullé. Me daba cuenta en el momento de que 47 años no eran nada mas que 17 más que los míos. Demasiado joven para morir. Cuando pensaba en hablar sobre otros temas, el resto del argumento se derramó como un jarro de agua fría sobre mi cabeza, produciendo escalofríos y otras sensaciones:

Pues el pavo iba a decirle ese día por la noche que su chorba estaba preñada… vamos, que iba a ser abuela…

No sabía que decir, pero la historia seguía su curso:

Aunque lo peor no es que el hermano tenga 18 tacos y sea un bala perdida, es que en un mes, al Álvaro se le termina el paro, y el piso en que están es de alquiler…

Ni cinco minutos. La conversación no duró ni cinco minutos. Las siguientes horas las invertí en tratar de ponerme en una situación equivalente; ¿qué haría? ¿de dónde sacaría fuerzas? ¿sufriría una maduración instantánea y seguiría adelante? ¿me hundiría en la mierda?

¿En que mundo vivimos? ¿Cómo es posible semejante desequilibrio? Yo aquí sentado, escribiendo unas líneas, con la vida encauzada, y preocupándome de dónde jugará Villa el año que viene, si me cambio de tele o si descubriré al hijoputa que me ha rayado el coche.

Pero, ¿qué será de Alvaro? Aunque nunca leas esto: lo siento y mucha suerte.

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Promesas del “Ese” (Parte IV)

Febrero 9, 2009 · 1 comentario

Era un monótono Lunes, él sabía que iba a ser un día muy especial, ya que “Ese” había prometido una visita endulzada con broncas, despidos y otras sandeces que desde hacía unas semanas no le afectaban.

Esa mañana el ruido ensordecedor de los golpes sobre el acero, y el olor penetrante de la soldadura le parecía hasta cierto punto agradable, y desde que había abandonado el café de máquina, se sentía incluso más sano.

“Ese” llegó como siempre: pasos largos y decididos, mal encarado, y girando la cabeza como si controlase todo con un simple vistazo. Con un “vamos” convido a nuestro joven protagonista y su responsable a entrar en las pequeñas oficinas de la nave. Su semblante crispado torno en una sonrisa burlona cuando se dirigió a él diciendo:

-“El próximo día 9 se te acaba el contrato, así que como la cosa va tan mal, la producción es escasa y no avanzamos en la obra, te vas a ir de vacaciones forzadas 3 días…”

“No”. La respuesta fue cortante: “Considero que es un castigo desproporcionado. Si he cometido un error, lo normal es que mi responsable me ayude a redirigir el trabajo…”.

-“¿CÓMO? YO SOY EL PUTO JEFE Y TIENES QUE HACER LO QUE YO DIGO Y SI DIGO VACACIONES FORZADAS LAS COGES Y PUNTO”

-“No, eres mi jefe, pero no puedes obligarme a coger las vacaciones, las últimas ya fueron forzadas así que esto no tiene mucho sentido”.

-“MIRA QUE ERES CHULO, TE IBA A HACER FIJO PERO YA TE PUEDES OLVIDAR”.

-“Vale”. En ningún momento se exaltó, ni gritó, ni nada. Tal vez la técnica “soy una roca, soy una roca” había funcionado por fin.

-“VETE A POR OPERARIOV Y VENTE OTRA VEZ”

Cuando entró OperarioV el guión mutó y la escena paso a ser una especie de acto protocolario en el que varios operarios eran ascendidos de categoría, sueldo y responsabilidades. Cada vez que terminaba el discurso que seguro tanto había ensayado en el espejo, miraba al joven con una mezcla de odio y sorna.

Todos ellos habían sido avisados del cambio por el responsable e intentaban simular sorpresa, pero eran mejores soldadores que actores, y la verdad es que las frases que salían de “Ese” eran sacadas de algún cotroso manual de Recursos Humanos. Frases como “si te hago de plantilla ahora tienes que dar mucho más, ya que ya eres una parte de la empresa”. Aquello era sectario.

(Por cierto, el ascenso consistía en 100 Euros más al mes, ascenso de categoría, y una tonelada de responsabilidades. Un chollo, vamos.)

Una vez finalizado el desfile, el joven se dirigió a su responsable y a “Ese”, y les dijo que si no era necesaria su presencia, tenía trabajo, y se encerró en su despacho.

No se había sentado en su silla cuando “Ese” irrumpió por la puerta diciendo:

-“ERES UN CHULO, ME VOY, ASÍ QUE SI QUIERES RETRACTARTE DE LO QUE HAS DICHO, ES TU ÚLTIMA OPORTUNIDAD”

El joven, suspiró un segundo, carraspeó, y le espetó: “No se de que tengo que retractarme, si quieres obligarme a ir de vacaciones, ya sabes lo que tienes que hacer. Si las formas en las que te contesté no hubieran sido adecuadas (que no fue el caso), me disculparía, pero creo que he sido bastante correcto y educado, ¿no?”.

-“AHORA SI QUE LA HAS CAGADO, TE IBA A HACER FIJO PERO AHORA NO LO VOY A HACER POR IMBECIL”.

-“De acuerdo, “Ese”, tu haz lo que tengas que debas que yo haré lo que tenga que hacer”.

Después, un portazo y el silencio.

Aquel Lunes 2 de Febrero, cuando salió de la nave de noche, sintió las gotas de lluvia en la cara y una sensación de orgullo que nunca había experimentado. No sabía lo que iba a pasar en aquella semana, pero se sentía pleno, y tenía la sensación de que todo iba a ir bien.

 

El Jueves 5 de Febrero, un contrato de indefinido apareció en la mesa, lo miró con cierta sorpresa, lo firmó y desde ese momento supo que “Ese” seguiría formando parte de su vida.

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Promesas del “Ese” (Parte III)

Febrero 9, 2009 · Dejar un comentario

Sintió el teléfono vibrando en el bolsillo, el ruido en el taller era ensordecedor y cuando vío la pantalla le dió la sensación de que él mundo se congelaba. Un escalofrío recorrío su espalda. Estaba seguro. Era el mismo tipo de llamada de la última vez, (Ver parte II), o incluso peor.

-”Fulanito”, rebuznó, “Hoy come tranquilo en la nave, y a eso de las cuatro te tomas una tila, para tranquilizarte, y vienes a la oficina a hablar conmigo”. Llamada terminada. Miró el reloj y no eran ni las 12, así que decidió ir a comer, para estar tranquilo. Al terminar la comida, se tomó un café doble con hielo, cogió el coche y despues de 45 minutos de trayecto, entró en la oficina.

Habló con la secretaria y ésta le dijo amablemente que estaba en una reunión y que no contaba salir antes de una hora. Miró el reloj y marcaba las 15:58. Respiró, y le dijo a la secretaría que se iba a un bar, que en cuanto estuviese disponible, que lo avisasen. Bajo al bar y se tomo otro café doble con hielo mientras leía el Marca. A las 17:05 decidió volver a la oficina y por suerte, llegó cuando la reunión llegaba a su fin.

“Pasa pasa, fulanito, espero que vengas tranquilito”. Tanto diminutivo le estaba empezando a encender, y la cafeina era un gran combustible, pero se controló.

“Ese” empezó el discurso que tanto habría ensayado delante del espejo: “La situación es la siguiente: no demuestras tu valía, la producción baja, fallas en muchas cosas y patatín y patatán; tu contrato expira en 1 semana y pensé en echarte a la calle, pero un tío que se parte el pecho 12 horas al día merece una oportunidad”.

La habitación empezaba a dar vueltas, y las frases quedaban flotando en el aire, que parecía volverse espeso. Por momentos hasta alucinaba pensando en los subtitulos de aquellas frases sutilmente escogidas de un manual de “Cómo ser un buen empresario” (Versión para torpes, claro). En 6 semanas, “Ese” pensaba que se cualquiera podría encargarse de la nave, pero la realidad era que las cosas, para saberlas, era necesario haberlas aprendido, y experimentado. “Ese” pensaba que aquello lo podría llevar un mono, pero entre líneas se leía que él o bien no quería, o bien no podía.

A partir de ahí el discurso se torno en un zumbido agudo que ayudaba a contener los gritos y los malos modos que querían salir de las entrañas, de repente, el zumbido cesó y una frase quedaba nuevamente en el aire “… podríamos renovarte por 10 meses, pero hemos decidido hacerlo solo por 3, ya que no queremos pillarnos los dedos”.

Paz. Así que era eso; era un inutil pero merecía una oportunidad. Era un favor. Por Dios, aquello tenía que ser una coña. Observó a “Ese” con detenimiento y estudió cuantas frases divertidas, y cuantas acciones violentas y satisfactorias podría realizar en aquel cuerpo pequeño con los cientos de objetos que había en el despacho.

Pero no; se levantó, sonrió, dió gracias por la oportunidad y volvió a casa. Mientras conducía pensaba en cuanta suerte tenía, y se engañaba pensando que tenía que aguantar porque la situación laboral del mundo en general era muy difusa. En fin, 3 meses más, y otra lotería.

La misma cuestión se repetía otra vez: continuaría?…

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Promesas del “Ese” (Parte II)

Noviembre 6, 2008 · 1 comentario

Esperaba su llegada con resignación, ya que las cosas no funcionaban. La producción había bajado y, a pesar de que no era culpa suya sabía que iba a ser el culpable. “Ese” lo había llamado horas antes y entre los rebuznos (así era como a él le sonaban) había entendido que iba para allí. Como solo aparecía cuando el problema era muy gordo, estaba un poco preocupado.

“Ese” no proporcionaba soluciones, realmente, y como a él le gustaba pensar, era parte del problema. No era capaz de delegar y tenía que tener las narices metidas en todo, incluso en la compra de papel higiénico para los servicios de la oficina. Por otro lado estaba su falta de tacto y educación, pero, seguro que cuando estaba en la carrera, o bien esas asignaturas eran optativas, o bien se había dedicado a otras. A pesar de ello sus conocimientos técnicos eran bastante difusos, pero eso era otro tema. En el momento que se dibujaba una sonrisa en su rostro mientras pensaba en esas cosas, “Ese” entró por la puerta.

Iba vestido con un traje sin corbata, pero por mucho que lo intentará, aquello no tenía forma, ni clase, ni estilo, ni nada. Su peinado era siempre el mismo, raya engominada hacia la derecha. Sus pasos largos y decididos. Vamos, que si no fuera porque media 1,65 y tenía 35 años, hasta impondría respeto y todo.

Sin mediar palabra, entró en el despacho y dió por empezada la reunión la cual duró casi dos horas, en las cuales, una vez más, “Ese” se dedicó a preguntar por qué pasaba lo que pasaba, y planteaba soluciones descabelladas e inutiles, tales como despidos o incremento de horas de trabajo (gratuitas, claro). A medida que el tiempo pasaba, la conversación se iba desvirtuando y a “Ese” le pasaba como siempre, iba perdiendo fuerza como la gaseosa.

“Vamos a comer y seguimos la reunión allí”, sentenció, “pero vamos a un sitio en condiciones que el XXXX es asqueroso”. La respuesta fue rápida y directa: “Bueno, “Ese”, partiendo de que XXXX es donde nos obligas a comer todos los días, resulta un detalle de tu parte”. Obviamente no cogió la indirecta, y estaba claro que educación y delicadeza iban de la mano…

Durante el rancho, las continuas alusiones a la incompetencia y las amenazas fueron degenerando en risas nerviosas, entre las cuales “Ese” no hacía más que repetir, “todos a la calle y a tomar por culo”. Al final, autocompasión, “si la culpa va a ser mía”.  En cuanto la taza de café golpeó el plato tras el último sorbo, “Ese”, dió por terminada la “clase magistral”, dejando atrás la cuenta, y ya de paso, la verguenza.

Era lunes tarde, y sabía que la producción serguiría bajando, así que, continuaría???

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