Cuando al terminar las campanadas, parece que algo nuevo empieza. Que todo lo negativo queda atrás y que a partir de ese momento todo irá bien. Creo que las últimas líneas que he escrito reflejan que el 2011 ha sido un año lamentable, y que tengo toda mi confianza puesta en el presente.
Solo he necesitado 20 días para darme cuenta que si algo va a cambiar, va a ser de manera lenta y trabajosa, y que a día de hoy, no sabré si cuando la niebla se disipe el paisaje que vea será de mi agrado.
Sin embargo, hace hoy una semana algo positivo (y muy esperado) ha sucedido. Unai ha llegado.
Hace una semana, y después de 13 horas de pelea, llegaste a este mundo y chico, reconozco que ha sido el mejor momento del año (y eso que solo acaba de comenzar). Diste un par de avisos y a tus padres (y a otros, como a un servidor), los tuvistes muy pendientes, pero al fin llegaste.
De la emoción del momento, me quedo con la gran sonrisa de tu madre, que a pesar del agotamiento y de los dolores, nos regaló cuando entramos en la 224.
De tu padre, me quedaré con una frase que comentaremos muchas veces a lo largo de nuestras vidas (espero) tomando unas cervecitas y recordando esta y otras batallitas, y que sonaba tal que así: “Cando mo deixaron coller por primeira vez, sentín como se puidese caminar polas nubes“.
Yo esta vez, solo te susurré algo así como “¿Se estaba bien en la tripa de mamá, eh, cabroncete?”, pero bueno, ya tendremos tiempo de irnos conociendo.
Así que, desde este humilde blog, solo darle la bienvenida al nuevo miembro de la familia, y felicitar a los padres, porque viendo a la criatura solo se puede decir: “¡Buen trabajo!”
Os quiero chicos, un abrazo, L.