Las olas mecían el barco de una manera más violenta de lo habitual, ya que el viento del Norte había hecho acto de presencia, justo 3 días después de su llegada a puerto. A excepción de ese barco, los restantes 300 metros del muelle estaban vacíos. Aquello era un desierto de cemento, salpicado por dunas metálicas formadas por grandes contenedores.
Owomo miraba al infinito, con los codos apoyados en la barandilla de la cubierta. Pensaba. Viajaba en el tiempo y en espacio. Sentía nostalgia y tristeza. Echaba de menos a su mujer y a sus dos hijos, hacía cuatro meses que no los veía y dos semanas que no tenía noticias de ellos. Sonreía a ratos visalizandolos bajo el sol africano. Después, se puso a pensar en cómo había cambiado la mina en la que se dejaba la piel por el barco, y en lo mucho que le costó habituarse… aquello no le gustaba, pero volver a trabajar a su patria le resultaba impensable.
En cuanto habían amarrado el barco, el capitán se había marchado a ver a su familia; era gallego y su casa estaba relativamente cerca. Se despidió de ellos un viernes por la tarde, cerrando en puente de mando a cal y canto y sin dejar una manera de contactar con él ni nada parecido. Esa misma noche, Owomo y compañía decubrieron que había un segundo candado en la despensa y en la bodega, y que pasarían el fin de semana a base de arroz y leche. De noche, al intentar conectar los televisores, se dieron cuenta que no funcionaba ninguno. Había sido un fin de semana infernal.
La llegada de un coche puso en alerta a todo el barco. Cuando vieron que se bajaba del coche rojo un desconocido, la tensión desapareció. Owomo lo observó desde el barco: un blanquito bastante grande, vestio informalmente, gafas de sol y hablando por el teléfono. Se acerco al borde del muelle y preguntó por el capitán. Eboue, el compañero de Owomo, le hizo entender que no estaba y el blanquito entró en el barco, recorrió la cubierta, las bodegas, y volvió al muelle. Mientras paseaba se puso a hablar por el móvil. Minutos después estalló una pelea a bordo entre Eboue y Chin. Owomo los observó y ni se molesto en separarlos. Enseguida uno de ellos desistió y el silencio volvió al barco.
Casi una hora después llegaron dos vehículos más. Un todoterreno grande y otro coche negro. Owomo conocía el coche negro, era el de Coti, el consigantario. Del todoterreno se apeó un tipo bajito, con dos niños pequeños. Se acercó a ellos el blanquito y comenzaron una conversación en la que la seriedad del blanquito contrastaba con el cachondeo de los otros dos. Seguidamente subieron al barco, abrieron el puente y se metieron los cinco dentro. Owomo escuchaba al blanquito hablar fuerte con uno de ellos, apenas entendía lo que decían, pero la entonación dejaba claro que estaban discutiendo.
Tras un momento de calma, Coti se asomo a la cubierta y gritó: “Eboue, the salary!“. La tripulación se puso muy nerviosa y uno a uno fueron desfilando individualmente por el puente de mando, para recibir el dinero del mes. Llego el turno de Owomo, que entró en el puente con la cabeza gacha y la visera en la mano. Observó a los niños en una esquina, sentados y bebiendo una lata de cola, al blanquito apoyado en en puente de mando, separado de los otros dos. Coti se hizo a un lado y “Ese” (sí, así se llamaba) le preguntó a Owomo de donde era. “From Ghana“ respondió. “Ese” sonrió y le dió dos billetes verdes; “Here your salary: 30000, in Euros, 198, I give you 200. You have to work harder“. Owomo sonrió, aquello era una fortuna y ya pensaba en enviarlo lo antes posible a su familia. “Ese” se dirigió a él dos veces mas, pero en castellano, y asintió con la cabeza sin entender bien lo que decía. Observo que el blanquito miraba mal a “Ese”, y daba la impresión de que se estaba conteniendo. Owomo esperó a que le ordenasen que se fuese y cuando levanto la cabeza para despedirse, Coti y “Ese” dialogaban ignorándolo, pero en blanquito lo miraba a los ojos de manera amistosa y lo despedía con un movimiento de cabeza. “Bye” pudo leer en sus labios.
Se reunío con sus compañeros y empezaron a discutir quién iba a la Farwest a mandar el dinero, cuanto se quedaban y que iban a hacer para celebrarlo. Owomo había decidio quedarse con la decima parte para sus gastos, invertir otro poco en tratar de hablar con su mujer, y enviar el resto a Africa.
De repente observó que el blanquito salía del barco con paso fime y apurado, entraba en su coche rojo, lo arrancaba y se marchaba apresuradamente. Minutos después, salían Coti y “Ese” charlando con tranquilidad. Se montaron en sus coches y desparecieron. Owomo tardó en darse cuenta que nadie le había dicho nada al jefe lo del candando, ni de los televisores. Esa noche volverían a cenar arroz, pero ¿y mañana?
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